Los matrimonios entre parientes, primos con primas, tíos con sobrinas, han sido una aberrante práctica solo reservada a las monarquías europeas, que veían en ella una mundana forma de trazar alianzas. No obstante, ninguna dinastía se atrevió a estirar la inmoralidad al nivel que sobrepasaron los Habsburgo.
Carlos V, casado con su prima hermana, redactó antes de su muerte unas representativas instrucciones que el mismo había aplicado durante su reinado, sobre la estrategia matrimonial a seguir por su hijo Felipe II. Por una parte, debía cuidar la amistad con la dinastía de Avis al fin de facilitar la posible anexión de Portugal por herencia –como finalmente ocurrió en 1582 a la muerte sin herederos de Sebastián I–. Felipe II fue esposado con su prima-hermana por partida doble, María Manuela de Avis, en 1543. La segunda recomendación iba orientada a mostrarse abierto a enlaces que procuraran la protección de los lejanos Estados de Flandes: así, en 1554, se casó con su tía María Tudor, Reina de Inglaterra y en 1559 se comprometió con la francesa Isabel de Valois –la única esposa que no era pariente– dentro de los tratados de Paz de Cateau-Cambrésis.
Por último, las directrices advertían de la importancia de preservar la relación con los Austrias “alemanes” a través de una persistente política matrimonial. Como prueba, María, hija de Carlos V, fue destinada a casarse con el emperador alemán Maximiliano II –sobrino de Carlos V–; a su vez, la hija producto de dicho matrimonio, Anna de Austria, terminó por enlazarse con su tío Felipe II que le sacaba 30 años y que, para entonces, iba por su cuarto matrimonio. Aunque esta última instrucción sería la principal causante del excesivo nivel consanguíneo y con ello del final de los Habsburgo españoles; previamente, los repetidos enlaces con la corona portuguesa servirían la primera advertencia grave sobre los peligros de coquetear con el incesto.
El príncipe maldito Carlos (1545-1568) era hijo de Felipe II y María Manuela de Avis, los cuales eran primos hermanos por parte de padre y madre; es decir, que si lo normal es tener 8 bisabuelos el solo contaba con 4. El príncipe Carlos, que llegó a jurar como heredero ante las Cortes Castellanas, ha arrastrado hasta nuestros días, entremezclando bulos y leyenda negra, toda clase de oscuras historias sobre su demencia: desde que cegaba caballos por mera diversión, a que agredía con frecuencia a los sirvientes reales –con especial fijación por las de sexo femenino–.
No obstante hoy en día sabemos, según las teorías de Geoffrey Parker, que el príncipe Carlos con un coeficiente de endogamia de 0,211 –casi el mismo que resulta de una unión entre hermanos o de uno padre e hija– fue un niño relativamente normal, de inteligencia media-baja, que no sufrió graves episodios de demencia hasta la edad madura. Al parecer con 11 años sus deficitarios genes le hicieron vulnerable a una plaga de malaria que visitó la corte. La enfermedad provocó en el príncipe un desarrollo físico anómalo en sus piernas y en su columna vertebral, lo que a su vez pudo causar la grave caída que sufrió a los 18 años de edad mientras perseguía por el palacio a una cortesana.
Tras pasar varios días cercado por la muerte, una arriesgada trepanación pudo salvar la vida del príncipe Carlos; no obstante, pronto se evidenciaría que los daños cerebrales se presumían irreparables. De entonces datan todos sus agresivos desvaríos, que encontraron su límite en el intento de conspiración contra su padre, que le costó la reclusión indefinida en el Alcázar de Madrid. Durante ésta, el príncipe, acorde a los síntomas clásicos de las personas que han padecido malaria, sufría súbitos cambios de temperatura, cuya mente enferma convirtió en peligrosos hábitos. Cada vez que padecía uno de estos ataques, ordenaba llenar su cama de nieve así como tomar agua helada. Todo ello, añadido a sus conatos de huelga de hambre y su siempre quebradiza salud, terminó por consumir su vida a los 23 años de edad.
De no caer en desgracia, la temeridad sanguínea en forma de príncipe estaba destinada a casarse con su prima hermana, ¡por partida doble!, Anna de Austria. Y es que la situación no parece que sirviera de mucho escarnio a la monarquía hispánica, puesto que finalmente fue Felipe II quien se esposó con su sobrina Anna de Austria, de cuyo matrimonio brotaría el futuro rey Felipe III –al que le achacan una inteligencia algo mermada–.
Un agrio final para una dinastía que llevó a España a su momento más álgido, y cuyo desenlace albergó trazos de venganza bíblica, pagando por todos los excesos y vicios que creían indultados por el tiempo. Felipe IV, el padre de la criatura, fue un rey despreocupado, en abuso interesado por los placeres de la carne, que al principio del reinado delegó en validos el gobierno del entonces mesiánico Imperio Español. Sin embargo, su dios creyó caprichoso dotarle de un reinado lo bastante largo como para que pudiera contemplar impotente de qué forma todo su legado saltaba en añicos y le obligaba a rehacerlo a toda prisa.
Felipe IV se casó con su sobrina de 12 años, Mariana de Austria, dando como heredero de la monarquía hispánica –de tres barones sólo él llego a edad adulta– al funesto Carlos II con el mayor coeficiente de endogamia de la dinastía, un 0,254. Por tiempo marioneta, por momentos consciente de su desdicha, y por instantes demasiado hechizado como para ser mostrado en público.
Fuentes:
-Felipe II, Geoffrey Parker (datos sobre teoria de Carlos, hijo de Felipe II)
-Alvarez G, Ceballos FC, Quinteiro C (2009) The Role of Inbreeding in the Extinction of a European Royal Dynasty (datos sobre niveles de coeficiente de endogamia de Don Carlos, hijo de Felipe II)
http://www.plosone.org/article/info%3Adoi%2F10.1371%2Fjournal.pone.0005174
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