La Batalla de las Termopilas es una de los lances más recurrentes por aquellos que han pretendido exaltar la superioridad de occidente sobre oriente. Si bien la versión patriotera del historiador griego Heródoto constaba de importantes imprecisiones, los posteriores coqueteos con las propagandas fascistas acabaron por desvirtuar lo que fue, sin paliativos, una catástrofe griega.
Cuando el rey Leónidas partió, junto a 300 espartanos, 2.120 arcadios, 1.000 Locrios opuntios, 700 tespios, 400 tebanos, 400 corintios, 200 hombres de Fliunte y 80 micenos, hacia el que estimaba como impugnable paso de las Termopilas, lo hizo con la convicción de que podría impedir el avance de las tropas Persas –a la espera de un contingente mayor que les reforzara–. Y así lo consiguieron durante los tres primeros días, luego de una heroica defensa que apenas supuso bajas entre las fuerzas griegas y que frenó por completo la marcha del imponente ejército Persa. Sin embargo, el descubrimiento de un paso oculto por parte de las tropas de Jerjes trasformó la hazaña en derrota por aniquilación.
Los escasos tres días que pudo Leónidas resistir, ni el elevado número de bajas que consiguió arrancar, otorgaron a la Liga Helénica ninguna ventaja táctica. No existía una estrategia a largo plazo, ni se buscaba con el sacrificio espartano despertar el espíritu nacional –si es que se puede hablar de algo parecido a una nación–, simplemente fue un descalabro que estremeció a toda Grecia y que precipitó el saqueo de Atenas. Las verdaderas consecuencias de la batalla de las Termopilas fueron tres: la exposición de toda Grecia al enemigo, la captura del cadáver del rey Leónidas, y la aniquilación de una destacada fuerza griega –los 300 espartanos y los 700 tespios que decidieron quedarse hasta las ultimas consecuencias–.
Habría que precisar en este último punto que los griegos –a excepción de alguna compañía mercenaria-– no estaban acostumbrados a batallas multitudinarias. Sus enfrentamientos eran entre las propias polis. Cuando las ciudades–estado entraban en conflicto, las hostilidades se canalizaban en una estipulada y ceremoniosa normativa, de forma que siempre se efectuaban en terrenos llanos y no se permitían tretas ni estrategias ocultas; tan solo el enfrentamientos de pequeños grupos de hoplitas uno frente al otro. No eran habituales las batallas de grandes dimensiones, la Primera Guerra Médica había sido el más celebrado acercamiento a esta clase de acciones.
Por esa razón, cuando Leónidas encabezó la campaña, el número de hoplitas allí reunido –a pesar de ser solo una avanzadilla–- era significativo para las cifras que se acostumbraban. La incapacidad de convocar más tropas, aparte de por las desavenencias entre la Liga Helénica, se debió a que la festividad religiosa de las Carneas prohibían cualquier acción militar en esos días por parte de soldados espartanos. Ante la incapacidad de movilizar al grueso del ejercito, se optó por enviar a “padres con hijos”, cuya muerte no pudiera comprometer las líneas sanguíneas. Precisamente Leónidas, a razón de su vejez –contaba con 60 años, algo meritorio para la época– decidió liderar la operación.
Si bien para muchos historiadores el sacrificio de las Termopilas inspiró el posterior contraataque griego en la Batalla de Salamina, el hecho de que este dictara de tener como protagonista a las fuerzas espartanas –se trato de una contienda naval, y tanto el liderazgo como más de 2/3 de los barcos corrieron a cargo de los atenienses– hace excesiva tal conclusión. El verdadero golpe moral lo había endosado el Imperio Persa al emplear la cabeza inerte del rey espartano como punta de una de sus muchas lanzas.
Y esa fue la batalla de las Termopilas: la crónica de un fracaso convertido en celebración, la reescritura de los que a la larga fueron vencedores; la proeza del pueblo esclavista –los espartanos basaban su economía en el esforzado trabajo de los Ilotas, esclavos pertenecientes al estado– que se “sacrificó” por salvaguardar la muy higiénica y “occidental” libertad.
A Heródoto, el gran padre de la historiografía, no le achaquen culpas, ¿qué sus relatos caían en lo literario? Lógico ¿no es ese el fin último de la historia, el sano entretenimiento?
Fuentes:
- Nic Fields, Thermopylae 480 BC: last stand of the 300, Osprey Publishing 2007
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