La película americana «El Último Samurái» protagonizada por Tom Cruise se sirve de los manidos tópicos del cine épico para trazar una especie de Western donde los samurais tienen más de nativos americanos que de los crueles señores feudales que fueron. Desenmascaramos otro mito creado por el cine palomitero.
Cada cierto tiempo Hollywood propone al guionista de turno que traslade algún tópico y maniatado argumento a un contexto histórico que resulte vistoso: se trata del llamado cine épico. El Ultimo Samurái ofrece un llano ejemplo del género: el héroe cansado (Tom Cruise) se ve implicado en un combate entre el malicioso mundo moderno y el sereno mundo antiguo, los malos contra los buenos. El resultado es una producción de ingenuas reflexiones y grandilocuentes escenas, con poca o ninguna veracidad histórica. No es que le niegue a la ficción su derecho a emplear el contexto como mero decorado de fondo y con ello a tomarse todas las licencias que considere oportunas; lo fastidioso es cuando todo queda encajado de tal forma que pretende pasar por verídico. En ese caso no hablamos de inocente entretenimiento, sino de malintencionada propaganda.
La película incrusta, a base de infantiles clichés, un paralelismo entre los Samuráis y los nativos americanos; de tal forma que comparten incluso la animadversión por el ferrocarril. Pasa que el personaje de Tom Cruise suponga una filigrana imposible, un americano requerido al otro lado del mundo para adiestrar tropas niponas –se conocen casos de holandeses y franceses dedicados tareas parecidas, no americanos–; pasa que los Samuráis aparezcan como enemigos de las armas de fuego –lo cual es un disparate para unos guerreros siempre interesados en cualquier avance militar–, lo verdaderamente desacertado es la comparación.
Los nativos americanos fueron despojados –no sin esfuerzo– de tierras que habitaban desde hace siglos y recluidos en ese eufemismo tan sofisticado llamado reservas indias, concepto muy próximo al de campos de reclusión, ¿su crimen? Cruzarse en el camino del ferrocarril. Por el contrario, los Samuráis formaban la élite militar de una sociedad profundamente estamentaria, un remanente de la época feudal cuya forma de subsistencia se vio amenazada por la corriente occidental y las reformas económicas. Las dinastías samuráis, así como las huestes de soldados que tenían a su servicio, se financiaban a través de un sistema de vasallaje similar al de la Edad Media en Europa.
Los sucesos narrados en la película se inspiran, lejanamente, en la Rebelión de Satsuma englobada dentro de una serie de revueltas dinásticas contra el Emperador Meiji, que aparece caracterizado como un bisoño pelele supeditado a los intereses occidentales. No obstante, durante los 45 años del reinado Meiji una nación aislada, agrícola y casi feudal se transformó en la potencia económica y militar que estremecería al mundo en la I y II Guerra Mundial.
Toda manipulación es válida a la hora de acoplar los sucesos históricos en términos que los estadounidenses puedan entender. Los samuráis se convierten en Sioux, los griegos luchan por la libertad y la democracia; y cualquier guerra en la que hayan participado resalta por su trascendencia –menos Vietnam en la que unos samuráis empleando tácticas cherokees les hicieron trizas–-. En esta ocasión, el precio de rendir la historia a los intereses americanos genera un desafortunado símil entre la élite de un país y los marginados de otro.
Fotograma de la película "El Ultimo Samurai".
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