En septiembre de 1788, el teniente de navío Alejandro Malaspina propone al gobierno español la organización de una expedición político-científica alrededor del mundo, con el fin de visitar casi todas las posesiones españolas en América y Asia
El siglo XVIII es conocido, ante todo, por el movimiento ilustrado que se dejó notar en todos los ámbitos de la sociedad y también en la vida militar. En todos los países surgió una generación de militares ilustrados, unos eran médicos, otros matemáticos, pero aquí destacaremos a los científicos y exploradores.
Durante este siglo multitud de expediciones científicas se hicieron a la mar en busca de lo desconocido y Francia y Gran Bretaña patrocinaron gran parte de estas (basta con decir el nombre de Cook). Pero la situación española era diferente, había entrado en el siglo con una guerra civil que se reveló una guerra internacional y que llevó a los Borbones al trono de la monarquía hispánica. Y después de Utrecht, Felipe V estaba más preocupado en resolver los flecos sueltos del tratado y de su estado de ánimo que de patrocinar gran cosa.
El panorama político cambió en 1746 con la llegada de Fernando VI y de un reinado más sosegado en lo económico y en lo bélico, penetrando las ideas ilustradas en nuestro país. No obstante, el punto álgido llegó con Carlos III. Fue este rey quien empezó a patrocinar expediciones científicas con la misión de conocer mejor su propio imperio y la diversidad del mundo hispánico, en el cual seguía sin ponerse el sol. En este contexto apareció el personaje adecuado para esta labor: Alejandro Malaspina.
Nacido italiano pero formado en la Marina Real, en la cual participó en episodios bélicos como el Gran Asedio a Gibraltar, Malaspina se puso manos a la obra para presentar al rey su proyecto de expedición. Una propuesta que entregó junto a su colega José Bustamante al gobierno el 10 de Septiembre de 1788 como viaje científico y político por el Imperio español y otras partes de Asia a fin de conocer cuanto pudieran abarcar.
Un mes después recibieron la autorización y se pusieron manos a la obra. El primer paso era buscar a la mejor tripulación con el menor número posible de oficiales, ya que Malaspina no quería una lucha de egos continua a causa de los posibles descubrimientos que se pudieran realizar. Entre estos oficiales destacarán Alcalá Galiano, Cayetano Valdés, Juan Gutiérrez y otros 102 hombres entre carpinteros, pilotos, soldados, etc. El equipo de naturalistas lo formaron el botánico francés Luis Neé y el teniente Antonio Pineda y Ramírez, de la Real Guardia, hombre que obedece al espíritu militar que Malaspina quería. Por su parte, los bajeles elegidos serán las corbetas Atrevida y Descubierta (nombradas así en honor a las naves del capitán Cook).
Parten rumbo a América el jueves 30 de julio de 1789, llegando en septiembre a Montevideo en un viaje que a lo largo de cinco años les llevó a bordear el cabo de Hornos, a El Callao, a visitar Lima (donde descansarán largo tiempo) y más tarde al lejano norte, costas próximas a Alaska en busca del mítico paso del noroeste que tantos otros buscaron antes. De ahí a Filipinas y las costas asiáticas y de Oceanía.
Tras esto regresaron a Cádiz el 21 de septiembre de 1794, con algunos hombres menos, entre ellos el teniente y botánico Antonio Pineda. Malaspina presentó un informe a Godoy y ya sabemos cómo se las gastaba el "Príncipe de la Paz”, que viendo que podía hacerle sombra le condenó a destierro por conspirador.
Así fue el viaje de la expedición española más importante del siglo, en la que cientos de imprevistos y aventuras ocurrieron pero que en estas breves pinceladas no se han podido abordar, por eso animo a los lectores a que lean Las Corbetas del Rey, de Andrés Galera Gómez, donde encontrarán el más detallado relato de esta interesante expedición española.
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