GUERRA CIVIL ESPAÑOLA, 1936

Ruinas de la batalla de Madrid

En el Parque del Oeste se encuentran tres búnkeres de la Guerra Civil española, uno de los pocos vestigios de lo que fue la Batalla de Madrid. Un excombatientes cuenta sus recuerdos de la que fue una lenta sangría

Cuartel de la Montaña, asediado por republicanos
Twittear Autor: Miguel Jorquera Garcilópez

Impasibles ante las familias que comen en las mesas cercanas, los niños que juegan a la peonza y los sufridos corredores que mantienen su cuerpo en forma. Así permanecen los tres búnkeres levantados por el «Batallón de Zapadores nº 7» de la 71ª división del Ejército de Franco, setenta y siete años después de ser levantados para mantener a raya al enemigo, cuando el empuje inicial de una ofensiva que parecía imparable se estrelló ante unos defensores poco ortodoxos.

Madrid fue el escenario de la primera gran batalla de la Guerra Civil española. En la ciudad apenas quedan restos visibles del combate que costó la vida a millares de personas y convirtió a la ciudad en campo de lucha. Los restos del Parque del Oeste.

Joaquín Fanjul durante su juicioJoaquín Fanjul durante su juicio

La sublevación en Madrid se inició el 19 de julio de 1936 con el levantamiento del Cuartel de la Montaña, situado en el actual Templo de Debod, a cargo del general Fanjul. Al conocerse la noticia, unidades de la Guardia Civil, Guardia de Asalto y militantes de la UGT y la CNT acudieron a las puertas del acuartelamiento. La guarnición se vio cercada por las fuerzas republicanas, abriendo las puertas del cuartel el día 20 de julio.

Antonio Morcillo, director de GEFREMA (Grupo Estudios del Frente de Madrid), recuerda las historias que le contaba su padre, Bibiano Morcillo, militar en el Cuartel de la Montaña en el momento del asalto.

«Mi padre, al ser ayudante de un teniente, podía entrar y salir del cuartel con libertad. Sabía lo que iba a ocurrir y acudió al Partido Comunista a informar. Incluso fue llevado al minsiterio de la Guerra con los comunistas para contar lo que pasaba, pero en la época los rumores eran continuos y no le hicieron mucho caso. Pudo no meterse al cuartel. Pero tenía sentido de la disciplina y fue con sus compañeros».

Ante el fracaso del levantamiento, la tropa quedó encerrada dentro.

«Cuando, al día siguiente, cayeron octavillas llamando a la rendición, discutió con un soldado de derechas. La cosa quedó allí. Cuando se asaltó el cuartel y todos entraron, mi padre fue el que abrió la puerta de Ingenieros y animó a la gente a que entrara. En ese momento se encontró al individuo, se dirigió a él y le dijo: ‘tú eres un fascista’. Uno de los que entraban se acercó al soldado y le encañonó con el fusil. Mi padre dice que nunca vio nada como aquello: un ser humano aterrorizado. Los pelos auténticamente como alambres, orinándose pantalón abajo,y balbuceando ‘no soy un fascista, ¡viva el fascio!, ¡no, no!, ¡viva Largo Caballero!’. Entonces, mi padre, viendo ese espectáculo, quitó el fusil y dijo: ‘anda, vete por ahí’. A lo mejor, ese hombre puede contar esa anécdota desde ese otro punto de vista», recuerda Morcillo.

La batalla por hacerse con Madrid

Madrid quedó en poder del Frente Popular. Sin embargo, desde Andalucía subían arrolladoras las columnas de legionarios y regulares, lo más valioso del Ejército español. Estas unidades estaban curtidas en la Guerra de África y atesoraban más experiencia que el resto de la tropa.

Uno de los búnkeres del parque del Oeste. Foto: M.J.
Uno de los búnkeres del parque del Oeste. Foto: M.J.

El 6 de noviembre de 1936, ante el avance enmigo, el gobierno del Frente Popular decide trasladarse a Valencia, dando Madrid por perdida. Según Javier Cervera, profesor de Historia en la Universidad Francisco de Vitoria, «Franco considera que lo que defiende Madrid es populacho, voluntarios sin ninguna instrucción militar sólida, pero infravalora la importancia y la “sobremotivación” de quien defiende lo propio y no, simplemente, se limita a cumplir órdenes». En vez de atacar por el Este, Franco ataca por una zona mucho más complicada, en cuesta, por la zona Oeste, y lo hace «porque no concibe la posibilidad de no tomar la ciudad».

Al frente de la Junta de Defensa de Madrid, órgano creado para proteger la Villa, se encuentra el general MiajaManuel Chaves Nogales ha dejado escrito, en su «Defensa de Madrid», la soledad de un militar abandonado por su Gobierno y despreciado al principio por los milicianos:

«Olvidado en uno de los lóbregos y desiertos salones del caserón que fue la Capitanía General de Madrid se ha quedado un viejo general que se obstina en ser leal a la Repúblcia (…) El Excelentísimo señor don José Miaja y Menant, sentado en su sillón dorado de capitán general, preside impotente el desastre esperando resignadamente el desenlace fatal. Espera solo que los milicianos derrotados le asesinen para vengarse de la derrota que invariablemente le atribuyen a la traición de sus jefes militares o bien que los generales sublevados se apoderen al fin de Madrid y le fusilen por no haberles secundado en su rebeldía. Esta es la situación del general Miaja el día seis de noviembre de 1936»

Pero Miaja no se resigna y organiza la defensa imponiendo disciplina a unos milicianos llenos de ideales, recelosos de los militares, y carentes de experiencia militar. Un golpe de suerte viene en su auxilio. En una de las escaramuzas con los primeros tanques que se acercan a Madrid, un soldado republicano extrae del cadáver de un oficial nacional el plan secreto de ataque. En contra de lo esperado, una embestida total por los puentes de Segovia y Toledo, el verdadero golpe llegará por el Oeste: Ciudad Universitaria, Hospital Clínico y Paseos de Moret, Rosales y Calle Marqués de Urquijopor el barrio de Argüelles.

Militantes ugetistas y del PSUC de Aragón fueron asignados para la defensa del Parque del Oeste. Frente a ellos, la 4ª Bandera del Tercio de la Legión y el 2º y 3º Tabor de Alhucemas. El ejército de África se hará con el Parque y lo convertirán en su línea de combate. El estancamiento de la Guerra hizo que la líneas no se movieran hasta la caída de Madrid en abril de 1939. Esta parálisis propiciará la construcción de un laberinto de trincheras y de alambradas por ambos bandos. Los búnkeres que quedan en Madrid pertenecen a esta serie de fortificaciones levantadas con las estabilización del frente. En uno de ellos todavía se puede leer la inscripción «Zapadores nº 7». Según el profesor Cervera, el batallón de zapadores pertenecía a la 71 División. «Esta unidad está detrás de alguno de los búnkeres más conocidos de Madrid, como el Blockout nº 13 de la Batalla de Brunete. Esta unidad tuvo una actuación destacada en la construcción de fortificaciones y, previamente, a la batalla, incluso en pasarelas para cruzar el Manzanares».

La historia de un veterano

Quedan pocos supervivientes del frente que rodeó Madrid desde noviembre de 1936 hasta abril de 1939. Uno de ellos es José Luis Rodríguez Viñals. Conserva una vivacidad prodigiosa a sus noventa y tres años. Cuando se le pregunta por sus recuerdos, cierra los ojos mientras los desgrana de corrido, con ese toque de su Extremadura mantenido a pesar de tantos años en la capital.

José Luis Rodríguez Viñals. Foto: M.J.José Luis Rodríguez Viñals. Foto: M.J.

Viñals contaba 18 años cuando se incorporó al ejército de Franco en octubre de 1938. Tras un breve período de instrucción fue destinado a un languideciente frente de Madrid. «La vida de trincheras fue para mí monótona porque ya se estaba prácticamente al final del conflicto. Lo que más nos inquietaba era la guerra de minas. Para evitarlas había una compañía de «gudaris», con su cura vasco, que tenía poco contacto con nosotros. Esta compañía estaba dedicada a realizar obras de perforación del suelo y galerías con objeto de disminuir el efecto expansivo de las explosiones».

Su unidad, el batallón de Cazadores de San Fernando nº 1, estuvo acantonada en una bifurcación entre el Alto de Extremadura y la actual Avenida de Lisboa.

«Durante mi estancia no hubo más que pequeñas escaramuzas. Allí permanecimos hasta el final de la Guerra, cosa que percibimos lentamente», rememora.

En aquella fecha de la Guerra, el frente de Madrid podía ser un lugar hasta donde confraternizar con el enemigo: «Había zonas en las que nos intercambiarnos naranjas, paquetes de tabaco o libritos de papel. Al cambiarnos comida, me llamaba mucho la atención el pan blanquísimo que tenían. Yo no sé si era de harina de arroz. Nosotros a cambio les tirábamos latas de sardinas.Teníamos conversaciones con la voz un poco subida. A veces, había algún insulto de una parte a otra y empezaba un tiroteo que se corría a lo largo de todas las trincheras. Fue un intercambio muy curioso. Yo creo que en los dos bandos estábamos deseando que aquello terminara, porque fue terrible lo vivido».

La España de entonces estuvo separada hasta por el tipo de canciones que cantaban. Las del bando nacional marciales y castrenses; las del republicano coplillas con aire de verbena. Sin embargo, Viñals tiene un recuerdo distinto al que viene en los libros de Historia, donde la separación es tajante:

«Se cantaba lo mismo en un lado que en otro, como el ‘Ay Carmela, ay Carmela’. Unos les daban un sentido distinto a los del otro bando. También el ‘Rúmbala, rúmbala, rúmbala la rumba del cañón’. Y aquella famosa de ‘Si me quieres escribir, ya sabes mi paradero, en el frente de batalla, primera línea de fuego’. Eran las mismas canciones. Estábamos tan cerca unos de otros, que nos dábamos recados incluso para las familias».

El primero de abril de 1939, su unidad recibió la orden de entrar en Madrid:

«Descendimos por todo el Paseo de Extremadura en dos filas, una por cada acera, con el armamento dispuesto, pero realmente no hubo absolutamente nada. Todo se hizo con la mayor tranquilidad. Ocupamos un edificio y nos trasladamos del Manzanares arriba hasta la Plaza de España. Allí había una pieza artillera debajo de la estatua de don Quijote y Sancho, la que nos hostigaba mientras estábamos en el frente. Mi teniente me ordenó amarrar a la boca del cañón una bandera de España. Hasta cierto punto es el simbolismo de la terminación de la Guerra».

Fuentes:

Artículo también publicado en Madrilánea

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