«El siglo XVI conoció a dos celebridades, una en el campo de las ciencias teóricas y prácticas y otro en el campo de las letras. Las personas más importantes de su época ansiaban conocer y tratar a estos dos grandes sabios y transmitirles sus dudas e inquietudes»
El siglo XVI fue un gran momento de explosión cultural a todos los niveles: la anatomía empezó a adquirir un carácter más científico gracias a Leonardo y Vesalio, la cartografía mejoró mucho gracias a los maestros flamencos como Mercator, la impresión se convirtió en todo un arte de la mano de Garamond, Manuzio y Plantino, la navegación se sistematizó, la astronomía se separó de las viejas ideas de Ptolomeo... Europa era un hervidero de ideas nuevas y revolucionarias debido a la contribución de grandes mentes. Era el Renacimiento, el redescubrimiento y posterior mejora de las algo olvidadas genialidades del mundo antiguo. En este clima, se hicieron notar algunos hombres por sus cráneos privilegiados, pero dos de ellos alcanzaron una fama muy fuera de lo común: fray Antonio de Guevara y Nicolò Fontana, llamado Tartaglia.
Así como hoy en día hay científicos e intelectuales respetados y conocidos por todo el mundo, el siglo XVI conoció a dos celebridades, una en el campo de las ciencias teóricas y prácticas y otro en el campo de las letras. Las personas más importantes de su época ansiaban conocer y tratar a estos dos grandes sabios y transmitirles sus dudas e inquietudes.
Fray Antonio de Guevara fue un fraile franciscano natural de Treceño pero de familia de la nobleza montañesa. Fue siempre una mente muy despierta y curiosa y pronto se hizo notar como gran escritor alcanzando una categoría de best seller que ya quisieran muchos autores de hoy en día. Su obra más famosa es el Libro Aureo de Marco Aurelio llamado Relox de Príncipes. En ese gran volumen trataba de la importancia de la educación y la cultura en la formación de un príncipe, pues no todo iba a ser instrucción militar y gobierno. El libro se hizo instantáneamente popular: al año siguiente de ser publicado ya había sido traducido al inglés, francés, dialectos italianos y germanos, flamenco... A los dos años ya había traducciones al ruso, polaco y, agárrense, armenio. Esta obra le granjeó fama de hombre docto, justo y cabal, sin embargo, no es la parte que más nos interesa. Hoy vamos a hablar de su fama.
Con este éxito le empezaron a llover las cartas con dudas de toda clase y condición, aunque ya antes recibía correspondencia de gente notable. Estas cartas las iba acumulando en un libro copiador junto con las respuestas y no tuvo problemas en darlas a la imprenta. Los impresores sabían que Fray Antonio de Guevara era sinónimo de escudos y reales en la faltriquera. Vamos a comentar algunas de las cartas.
La primera de las epístolas del volumen Epístolas familiares y escogidas es del duque de Nájera, que tiene una disputa con su hermano el arzobispo de Sevilla. Se habían jugado una buena mula sobre quién de los dos tenía razón acerca de la situación de Numancia. El duque aduce que Numancia es la ciudad de Zamora mientras que el arzobispo sostiene que la mítica ciudad está en Murviedro.
Fray Antonio explica que están ambos errados. El arzobispo había confundido Numancia con Sagunto, que pertenece a la ciudad de Murviedro en el Reino de Valencia, ciudad que fue asediada, conquistada y saqueada por el gran general cartaginés Aníbal Barca y que dio comienzo a una de las guerras más épicas y decisivas de la historia de la humanidad, la Segunda Guerra Púnica. Tampoco acierta el duque al decir que Numancia sería Zamora, pues si bien está a orillas del Duero, dista mucho más de 50 leguas de su nacimiento, mientras que de Numancia se decía que estaba junto al mismo. Continúa el obispo explicando que también se dice que Numancia pueda ser Soria, que encaja en la descripción. Sin embargo, por propia experiencia y conocimiento del terreno, Guevara dice que la ciudad que se opuso con tanta vehemencia a Roma se encuentra a algo menos de una legua de allí en un lugar llamado Garray de donde salían continuamente grandes antiguallas. Como juez, impone a ambos Manriques que le hagan llegar a él cada uno una buena mula, que nunca viene mal.
Otra de las personas que le escribía al sabio de Treceño era el Gran Capitán, que por entonces ya era viejo y estaba retirado sirviendo a la sazón como alcaide de un pueblo granadino. En su carta le expone que lo que él sabe hacer es la guerra y a ella quiere volver por sentirse muy bien en los campos de batalla doblegando a todos los enemigos que le hacen frente. Guevara, que de guerras no sabía, pero de almas sí, le escribe claramente que quien ha vuelto de la guerra y está en la paz del hogar no debe jamás volver a ella. Volver a la guerra supone arriesgar la vida, dejar a la familia desprotegida y no ver cómo crecen los hijos, algo que un hombre bueno y sabio no debería hacer. También le dice que se siente muy honrado de ser llamado sabio por un hombre como Gonzalo de Córdoba, nuevo Cid Campeador de las armas castellanas.
Tenemos también a otros militares entre la gente que escribía a Guevara como el marqués de Pescara, artífice de la victoria de Pavía que se saldó con la captura del rey de Francia Francisco I y su prisión en Madrid. No recuerdo bien el contenido de la carta, pero un detalle sí me llamó la atención: decía fray Antonio que le agradecía al viejo marqués que junto con la misiva le hubiese mandado una péñola de oro de buena ley y que no era merecedor de tal regalo. ¡En cuán alta estima debería ser tenido Guevara para que un héroe del calibre del marqués le regalase una péñola de oro!
Pero Guevara era considerado además un hombre justo y razonable, por lo que fue escogido durante la Guerra de las Comunidades como representante de paz del emperador Carlos V para tratar con los rebeldes. En una de las cartas transcribe el prelado el razonamiento que hizo en Villabrágima a los capitanes comuneros con una oferta de paz muchísimo más que generosa pero que los capitanes comuneros, ensoberbecidos tras la toma de Torrelobatón rechazaron con malas palabras y peores gestos. El único que entró en razón fue don Pedro Girón, que siguió a fray Antonio. No acabó muerto como Padilla, Bravo y Maldonado, pero se llevó una pena de destierro por una década, aunque sin pérdida de sus posesiones. Entre los términos de la paz ofrecida por el César estaban: no se nombrarán para cargos de república a extranjeros, el emperador se apresurará a aprender el castellano, se respetará el Concejo de la Mesta, no se sacarán dineros de Castilla para financiar las empresas no castellanas del emperador, no se importarán lanas flamencas... Una oferta más que generosa, como se ve.
Entre las cosas más llamativas del estilo de Guevara en sus cartas se cuentan los encabezamientos de las mismas, haciendo referencia a alguna característica de sus destinatarios. A Mosén Rubín lo llama «buen amigo y viejo enamorado». Pueden imaginarse la temática de la carta. Al obispo Acuña lo llama «noble y revoltoso prelado» por estar implicado en la revuelta de las comunidades. Al almirante de Castilla lo llama «ilustre archimarino» aunque no nos consta que pusiese el pie en nave alguna. A Diego Hurtado de Mendoza se dirige como «noble señor y cesáreo embajador» por ser embajador de su majestad imperial Carlos V.
A este cesáreo embajador lo encontramos también carteándose con el otro gran sabio de la época, aunque en este caso se trate de cuestiones de ciencias aplicadas.
Nicolò Fontana fue un matemático y artillero natural de la ciudad de Brescia, en Lombardía. Nació en lo que se podría llamar «el año de las hogueras», 1499. Su familia nunca gozó de una gran posición económica, se podría decir que eran pobres como las ratas. Nicolò fue un auténtico autodidacta, pues lo único que aprendió de un maestro fue la mitad del alfabeto, ya que su familia no podía permitirse pagar más. Esa carencia no fue óbice para que se convirtiese en uno de los mayores matemáticos de su tiempo y de la Historia, dándonos un método de resolver las ecuaciones de tercer grado que toma el nombre de su amigo Gerolamo Cardano. Fontana suele ser conocido como Tartaglia debido a su tartamudez, causada porque a los doce años un disparo de un soldado francés en Brescia le dañó severamente la mandíbula, dejándole incapaz de hablar correctamente. Este primer encontronazo con las armas de fuego le llevó a interesarse por la artillería y desentrañar alguno de sus misterios.
A Tartaglia, igual que a Guevara, le escribía o trataba en persona gente muy destacable de la Italia de su tiempo. En su volumen Quesiti et inventioni diverse encontramos como interlocutores a gente como el duque de Urbino, el prior de Barletta, Gerolamo Cardano o el ya mencionado embajador Mendoza. En el libro, impreso a su propia costa y no un gran éxito de ventas, los temas fundamentales son la artillería, las matemáticas y la ciencia física. Vamos a seleccionar alguna de las preguntas más notables formuladas a este sabio.
Las primeras preguntas o quesiti las formula su señoría el duque de Urbino, que quiere saber más sobre las armas de fuego, su funcionamiento, uso en campaña y transporte y mantenimiento. La segunda de las preguntas del duque nos puede parecer la más estúpida de todas por estar ya bien familiarizados con el concepto de la gravedad. Inquiere el duque de Urbino a Nicolò si para atacar una fortaleza que está sobre una colina es más útil el uso de una pieza que se encuentre a la misma altura del baluarte o una que esté más baja. La distancia a vista de pájaro de ambas piezas es la misma, pero en la realidad la cosa es muy distinta. El arma que se encuentra a menor altura encontrará una distancia mayor que recorrer con el tiro de su bala, y además tendrá que enfrentarse al problema del desnivel, pues la gravedad no es amiga de muchas cosas, y para alcanzar la fortificación con el tiro, primero hay que vencer a la gravedad.
La cuarta pregunta corre por cuenta de Gabriel Tadino, de Martinengo, caballero de Rodas y prior de Barletta en dicha orden. Esta duda es muy interesante. Si tiramos una pieza de artillería dos veces, una después de la otra, con la misma cantidad de pólvora, inclinación y calibre de bala, ¿serán los tiros idénticos? A esta pregunta responde Tartaglia con su experiencia. No serán idénticos de ninguna manera, pues al hacer el primer tiro el arma estará fría y el aire de dentro se hallará tranquilo. En el segundo tiro, en cambio, el arma se encontrará caliente y el aire interior alborotado, de tal forma que el segundo tiro será de mayor fuerza y alcance que el primero.
Otra duda en el campo de la física aplicada al hacer de murallas cascotes la hace el señor Jacomo d'Achaia. La pregunta es la que sigue: ¿por qué, si disparo con artillería contra una muralla desde muy cerca, el daño que causo a la misma es menor que si tiro desde una mayor distancia? En la resolución de este enigma entran en juego las leyes de la física. En este caso, explica Tartaglia, el punto máximo de aceleración no se produce en la boca del cañón, sino bastante más lejos, aunque después del punto máximo de aceleración, la bala pierde velocidad y empieza a decaer la trayectoria. No ofrece para la resolución una fórmula matemática, sino la experiencia de la observación y la comprensión del funcionamiento de la naturaleza, pero ya se van aventurando conceptos de futuras leyes físicas.
Un artillero cuyo nombre no da le pregunta al sabio de Brescia cómo es posible que los cañones sufran un mayor desgaste y suelan explotar por la parte donde está la pólvora en vez de por el medio de la pieza, que es donde el proyectil tiene más velocidad según el arillero. La pregunta parece una tontería de manual. Obviamente sufren mayor desgaste por la parte donde está la pólvora porque es ésta la que explota y provoca una presión y una temperatura que las ánimas lisas de bronce o hierro no siempre están preparadas para soportar debido a errores en la fabricación las más de las veces.
El embajador Diego Hurtado de Mendoza, por otra parte, se pone en el lado contrario de la pregunta de Jacomo d'Achaia. La duda que interesa al representante imperial es cómo hacer que una fortaleza resista mejor los impactos de la artillería de las fuerzas que la atacan. A esta pregunta responde el matemático explicando los fundamentos de las fortificaciones que encontraremos durante los siguientes doscientos años: fortalezas hechas con sólidos bloques macizos de caliza, formas de estrella, baluartes apuntados, todo ello con sus correspondientes dibujos y diagramas donde explica las cargas de trabajo que sufren por los tiros y cómo los salientes en forma de punta de flecha distribuyen el impacto hacia los lados, minimizando el daño.
El último de los libros de preguntas y respuestas es sobre cuestiones puramente matemáticas, y la estrella invitada es el amigo Gerolamo Cardano, que ha dado con una fórmula interesante para resolver ecuaciones cúbicas. La fórmula no es perfecta, pero da una idea de cómo se puede comenzar a resolver esas complejidades matemáticas. Con los datos de Cardano y un cerebro fuera de lo común, el tartamudo bresciano corrige la fórmula y da con la solución perfecta al problema. La colaboración entre estos dos matemáticos fue larga y fructífera (si bien al final terminó por enturbiarse), aunque la mayor parte del crédito a día de hoy corresponda a Cardano.
El final de las vidas de los sabios Guevara y Tartaglia fue muy distinto. Fray Antonio de Guervara murió en Mondoñedo siendo obispo de esa ciudad gallega. Tartaglia falleció en Venecia en la habitual pobreza que le acompañó durante casi toda su existencia. Guevara dejó en su testamento que quería ser enterrado en el monasterio de San Francisco de Valladolid, del que hoy no queda más que un recuerdo en una callejuela de la capital castellana y una placa en la Plaza Mayor. Las tumbas de dos de los hombres más sabios, conocidos y respetados del Renacimiento quedaron perdidas para siempre, y es que el tiempo, como la gravedad, no es amigo de casi nadie.
@themarquesito
Si quieres colaborar con nosotros ponte en contacto aquí. Cualquier aportación es bienvenida.